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5 Razones por las que los Cristianos Tienen Dificultades con la Evangelización

Cómo las Escrituras abordan los sentimientos que nos impiden compartir el Evangelio.

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1. Miedo

Compartir tu fe es un proceso que da miedo. Puedes perder prestigio y amigos por comunicar este mensaje «de mente estrecha» del Evangelio, aunque lo hagas con amor.

A la hora de elegir entre ser aceptados por los demás y compartir la Buena Noticia con los demás, con demasiada frecuencia los Cristianos eligen el silencio. El miedo es el mayor culpable de que la mayoría de los Cristianos no evangelicen.

La Cura: 

«Oren también por mí para que, cuando hable, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio, 20 por el cual soy embajador en cadenas. Oren para que lo proclame valerosamente, como debo hacerlo» Efesios 6:19-20.

2. Ignorancia

Hay muchos Cristianos que, en el fondo, quieren compartir su fe, pero sinceramente no saben qué decir.

Lamentablemente, si pusieras un micrófono en la cara del feligrés promedio que sale de un típico servicio dominical matutino y le pidieras que definiera el mensaje del Evangelio, las respuestas podrían ir desde «um» hasta «no sé». Para colmo de males, demasiados predicadores han complicado excesivamente el Evangelio hasta el punto de que incluso los verdaderos Cristianos se preguntan si son salvos. Han añadido advertencias y letra pequeña a Juan 3:16 y, como resultado, muchos creyentes se sienten confundidos por el Evangelio claro y sencillo que una vez abrazaron con fe infantil.

La Cura: 

«Porque ante todo[a] les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras»… 1 Corintios 15:3-4.

3. Arrogancia

Lamentablemente, hay Cristianos que creen que están por encima de otros para compartir el Evangelio. Al fin y al cabo, ¿no es para eso para lo que le pagan al pastor, al líder juvenil y al misionero? Estos Cristianos quieren cantar sobre Jesús en el santuario, exegetar su libro en la escuela dominical, pero no quieren mancharse las blancas manos con los enfermos y sucios «pecadores» teniendo que hablar realmente con ellos.

La Cura:

 «Pero los fariseos y los maestros de la Ley que eran de la misma secta reclamaban a los discípulos de Jesús: —¿Por qué comen y beben ustedes con recaudadores de impuestos y pecadores?—No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos —contestó Jesús—. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores para que se arrepientan» Lucas 5:30-32.

4. Apatía

Lamentablemente, hay muchos que se llaman Cristianos, pero simplemente no se preocupan por los perdidos. Creen que existe el infierno. Saben que los que no conocen a Jesús irán allí para siempre. Pero a ellos, por la razón que sea, simplemente no les importa. Han perdido su primer amor y, por tanto, se niegan a hacer lo que Él les manda. Y, como la iglesia de Éfeso en Apocalipsis 2, si no empiezan a dejar brillar sus lucecitas, podrían ver apagadas sus velas por completo.

La Cura: 

«Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor» Mateo 9:36.

5. Mala Teología

Este tipo de mala teología tiene sus variantes. Un extremo descolmilla el infierno convirtiéndolo en un sufrimiento mítico o instantáneo (en lugar de eterno), eliminando así la urgencia de evangelizar. El otro extremo utiliza la doctrina de la elección como forma de erradicar la urgencia. Al fin y al cabo, si Dios es soberano en la salvación, ¿para qué evangelizar?

Aunque creo en la soberanía de Dios en la salvación, también estoy plenamente convencido de que si la gente no oye y cree el Evangelio, se condenarán para siempre. He elegido no intentar resolver el enigma, sino vivir en la tensión entre la soberanía de Dios y la responsabilidad humana. Es en medio de esta tensión donde Dios nos proporciona tanto urgencia como seguridad, urgencia para llegar a los perdidos que se dirigen al infierno y seguridad de que Dios es el único soberano en la salvación.

La Cura: 

«Así que todo lo soporto por el bien de los elegidos, para que también ellos alcancen la gloriosa y eterna salvación que tenemos en Cristo Jesús» 2 Timoteo 2:10.

 

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